Usualmente los pacientes con lesiones cerebrales presentan algún nivel de recuperación espontánea. Más aún, como claramente lo señalaron Weisenberg y McBride (1935), muchos pacientes organizan y adelantan por iniciativa propia sus propios programas de entrenamiento. Vivimos en un mundo en el cual siempre es necesario recurrir a determinadas habilidades intelectuales, y debe existir por necesidad algún tipo de reentrenamiento permanente. Gran parte de la recuperación espontánea se debe también a los procesos neurofisiológicos subyacentes que se llevan a cabo en el cerebro luego de alguna condición patológica.
Hay un acuerdo general sobre el curso de la recuperación espontánea, aunque no hay consenso en torno al tiempo que ésta lleva. A menudo, se dice que los tres primeros meses son cruciales para obtener el máximo de recuperación (Vignolo, 1964; Kertesz y McCabe, 1977); al cabo de seis o siete meses la curva de recuperación viene a menos, y al cabo de un año es prácticamente inexistente. Así, la recuperación espontánea representa una curva negativamente acelerada con un progreso máximo en los primeros meses; luego de un año, se convierte prácticamente en una asíntota. La recuperación al inicio puede interpretarse como un resultado de los cambios neurofisiológicos que siguen al daño cerebral. Aunque puede mantenerse durante varios meses más, la recuperación es limitada. Sin embargo, el desarrollo de estrategias a cargo del propio paciente y la disposición a una práctica de reentrenamiento permanente podrían dar pie a una recuperación espontánea tardía.
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